domingo, 12 de diciembre de 2010

Petra y Pedro Pérez Hernández, testimonios

Yolanda Sánchez Ogás

Relatos de Doña Petra y Don Pedro Pérez Hernández, ambos hermanos participaron en la organización y ejecución del movimiento agrario en el valle de Mexicali, el 27 de enero de 1937. Ella fue esposa del líder del movimiento agrario, Hipólito Rentería y por ese motivo estuvo muy cerca de los acontecimientos.

En la quietud de la tarde, bajo la sombra de los añosos pinos, los viejecitos dejan correr sus recuerdos, llevando a quienes les escuchamos, a otros lugares y a otras épocas. Doña Petra nos habla de su niñez, transcurrida allá en su pueblo natal Jora, entre las serranías del estado de Nayarit, lejos de las grandes poblaciones.

-Era yo niña todavía cuando llegaron al rancho los revolucionarios, primero fueron carrancistas, después los villistas. Mi papá nos escondía porque tenía miedo de que nos hicieran algo, pero la verdad, ninguno se portó mal con nosotros, nomás mataban animales para comer y luego se iban, nunca nos hicieron nada malo. Cuando se acabó la revolución nosotros quedamos igual de pobres o peor porque cuando Don Porfirio gobernaba si había una profesora con la que yo estudié hasta segundo año y después ya no había escuela.

Después mi papá murió y tuvimos que salir del pueblo, a buscarle a la vida, fueron años de trabajar duro en el pueblo y luego en los campamentos de trabajadores de las vías del tren, dándoles de comer. Tanto andar atrás de los campamentos me hizo perder el miedo a las distancias por eso cuando se acabó el trabajo me animé a venirme al norte, así fue como llegué a Mexicali en 1929.

! Que diferente era la ciudad! Apenas unas cuantas casas y en el centro una que otra tienda...eso si, muchas cantinas por ahí donde le dicen la Chinesca, yo entonces apenas conocí porque luego me pasé a California. Años después regresé a mi tierra a traerme a mi familia, porque se me hacía que estaban tan lejos.

Pedro - que ha permanecido callado, saboreando su café negro, recuerda ese viaje-

Nos venimos toda la familia. Llegamos a Los Mochis porque había problemas en las vías, ay nos tuvimos que quedar unas semanas, yo primero trabajé con un carnicero y con lo que me daba nos ayudábamos un poco, Petra también trabajó vendiendo lencería de casa en casa.

Si...fue un tiempo muy malo porque era 1929 y nos tocó la rebelión de los escobaristas y hasta aviones hubo, no se de cual bando, pero que empiezan a caer las bombas y fue un corredero para los campos de trigo, a nadie, a nadie le pasó nada, pero si quedaron unos agujerotes en los campos.

Cuando se arregló la vía nos vinimos hasta Santana, en Sonora, si viera -dice Pedro- como fue ese viaje. En un carrito que hacía la ruta de Santana a Mexicali, hicimos el viaje, pero éramos tantos pasajeros que algunos se venían arriba del techo...nomás viera que viajes; unos arenales, cada rato nos atascábamos y teníamos que bajarnos a empujar para salir del arenal. Viajábamos casi en la pura noche y era tanta la sed que sentíamos que el chofer le ponía unas gotas de gasolina al depósito del agua para que no la termináramos y así pues nomás nos mojábamos la lengua para no sentir tanta sed.

Oye Pedro; -pregunta Petra- Recuerdas como era el río entonces? Ahora ni se parece al Colorado de entonces, que era tan ancho y traía tanta agua, lleno de plantas alrededor. Muchos árboles grandotes en las orillas y cuando llegábamos a la orilla en aquella cucaracha de carro, nos teníamos que bajar y subirnos en una panga para que nos pasara a la orilla de este lado, ya en Mexicali, pero de ahí para llegar al pueblo todavía teníamos que viajar varias horas entre unos terregales.

Si; y Mexicali era tan triste cuando llegaba uno la primera vez, las calles de pura tierra, era tanta tierra que por las tardes no se podía ver del polvaderón, casi no había árboles y el agua llegaba a las casas por canalitos. Había poca gente y en el pueblo la mayoría eran chinos. Tenían tiendas, zapaterías, carnicerías, fruterías y restaurantes

Como yo era la mayor, tenía que trabajar y pronto me ocupó una señora que hacía comida para vender. Yo le ayudaba a prepararla y ella me pagaba un peso diario y me regalaba comida. Era poco, pero con eso nos sosteníamos al principio, después Pedro y Apolinar también trabajaron en el campo y ya fue diferente.

Viera que difícil conseguir trabajo; Apolinar y yo nos íbamos a los ranchos de los chinos a pedir trabajo y a veces caminábamos todo el día y nada. Entonces se sembraba puro algodón así que cuando había trabajo era en la pizca o en el desahije, nomás viera como blanqueaban los campos de puro algodón.

El trabajo era duro y pagaban muy poco, pero algo teníamos que hacer, luego cuando se acababa el trabajo nos corrían de los ranchos y si nos parábamos bajo la sombra de algún árbol, salían las japonesas que eran rete bravas y nos corrían apuntando con sus rifles. Así nos fuimos dando cuenta de que había una compañía gringa que era la dueña de estas tierras y que la rentaba nomás a chinos y japoneses

-Dice doña Petra- Un día en el restaurant conocí a un señor muy serio, se llamaba Hipólito Rentería y platicando con él me di cuenta de muchas cosas. Siguió yendo ahí a comer hasta que un día nos fuimos a vivir juntos a la colonia Pacífico porque él tenía ahí un terrenito que le había comprado a la Colorado, estaba todo enmontado cuando nos fuimos ahí.

El y unos primos, los Guillén, ya tenían varios años en Mexicali, se habían venido de Michoacán porque allá los perseguía la Acordada, pues habían organizado un grupo agrario en la hacienda Del Pilar. Por eso Poli ya traía esa idea desde allá y cuando supo como estaba la cosa de las tierras aquí, pues también quiso hacer algo por los campesinos.

Allá en la casita del Pacífico se juntaban varios parientes y amigos y hablaban de las injusticias que sufrían los mexicanos sin tierra y a veces hasta los chinos y japoneses porque también a ellos les quemaban sus cosechas y las casas, cuando ya no les querían rentar. Les cortaban el agua para riego y un montón de cosas que les hacían a los chinos.

Yo cada vez tenía más miedo de que le hicieran algo a Poli porque decían que las "guardias blancas" de la Colorado, hacían muchos daños y eran capaces hasta de matar. Yo nunca estuve tranquila porque en mi tierra supe de muchos agraristas asesinados, así que cuando Poli se iba de un rancho a otro a hacer sus juntas, pues yo la pasaba asustada. Le pedí tantas veces que dejara eso, al fin él ya tenía un terrenito, entonces para que pelear con una compañía tan fuerte, hasta decían que ponía y quitaba a los gobernadores.

Hipólito siempre me contestaba -Petra, las leyes nos protegen y si no luchamos nunca sabremos si se puede o no, vamos a luchar dentro de la ley- Yo cada vez que salía, creía que era la última vez que lo miraba.

Su hermano Pedro, que ha permanecido callado escuchando a Petra, interviene:

Es que entonces casi todos los campesinos nos unimos para formar la federación de Comunidades Agrarias y pues a Hipólito lo escogimos para dirigirla porque era el que más sabía y hablaba muy bien, por eso andaba de un lado para otro, a veces a caballo y a veces en un troquecito de los Guillén que le decían "el cuatro vientos" No crea, todos teníamos miedo, pero le entramos porque en una reunión allá en la escuela del Pacífico, acordamos tomar las tierras de los ranchos de la Colorado el 27 de Enero de 1937 y las tomamos, pero no fue fácil, sabíamos que se iban a dejar venir los soldados y las guardias blancas de la Colorado, pero le entramos.

Aquella noche estuvimos ahí con un frío, pues entonces cuales chamarras ni cuales cobijas si todos éramos tan pobres. Como a las once de la noche llegaron los soldados y nos rodearon, casi no los mirábamos por lo oscuro, pero si oímos que cortaban cartucho y pues...todos nos asustamos mucho, luego el Coronel se acercó y nos ordenó que nos saliéramos de ese terreno.

!Están ustedes violando la ley, estas tierras son extranjeras y no pueden estar dentro de ellas!

Entonces un señor que se apellidaba Serrano le contestó...

Coronel, voy a decirle unas palabras. Mire mi Coronel, me admira y me entristece que siendo usted un guardián de la Patria, diga que estas tierras son extranjeras. !Estas tierras son mexicanas y vamos a tomarlas dentro de la ley!

El Coronel Orozco entonces nos ordenó que nos saliéramos al camino, porque esas eran las únicas tierras nacionales y nosotros nos salimos y allí pusimos el campamento y la lumbrita porque !como hacía frío esas noches que pasamos metidos en unos hoyos!

El 29 llegó el un capitán con unos troquecitos, venía buscando a los jefes Hipólito Rentería y a Leonardo Guillén, dijimos que no sabíamos donde estaban y entonces amenazó con llevarnos a todos a la cárcel y dijo que nos subiéramos a los troques. Desde el primer día pusimos la bandera de la comunidad Michoacán de Ocampo arriba de un palo, el Coronel le ordenó al viejito que la cuidaba que la quitara de allí.

El viejito le contestó -Me perdona mi capitán, pero esta bandera yo, la estoy cuidando y antes me mata que quitarla, si quiere quítela usted!

-Bueno, dijo el capitán- déjenla ahí.

Y se quedó el viejito cuidando la bandera mientras todos los demás nos fuimos en los troques. Pero no íbamos asustados, no, al contrario, íbamos cantando el corrido del agrarista, corridos de la revolución hasta que llegamos a los sótanos de palacio, allí nos tuvieron presos. Después nos soltaron por órdenes del Presidente Cárdenas. Así fue "El Asalto a las Tierras", luego se formaron los ejidos y ya en vez de ver tantos chinos, empezamos a ver mexicanos por todos lados.

Pero no crea que con eso se acabaron los problemas, no que va! es que todo tenía que hacerse, la vida era difícil para todos, pero yo creo que más para nosotras las mujeres. Cuando llegamos aquí no había ningún árbol, las casas las hacíamos de cachanilla, a veces forrada con lodo para los fríos. Los colchones eran sacos de pizcar rellenos de cachanilla. Usábamos el agua de los canales y para filtrarla poníamos en el depósito unas piedras del Cerro Prieto, allí se pegaba toda la tierra y la basura, el agua salía limpia.

Hacía tanto calor que dormíamos afuera y teníamos que luchar contra los moscos, nos pasábamos las noches espantando unos moscones. Para cocinar se hacía un fogón adentro del cuarto para que el viento no apagara la lumbre, pero se llenaba de tanto humo que estábamos a llore y llore. Ir a Mexicali por la comida era caminar kilómetros entre el terregal, desde donde nos dejara el raite

Al principio todo fue difícil, pero aquí estamos y yo le digo a mis hermanos que debemos sentirnos contentos por lo que hicimos y agradecer que ahora todo es tan diferente.



Petra y Pedro Pérez Hernández, ejido Michoacán de Ocampo. Testimonios 1993

1 comentario:

  1. Felicidades por la información de Petra y Pedro. Impresionante el testimonio.

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